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  Parto en el agua  
 
 
El agua ha sido y es en la origen de la vida y en la historia individual un símbolo de maternidad y fertilidad: la vida comenzó en el océano y nuestro hábitat natural durante los meses de gestación es el líquido amniótico. El uso del agua como medio en el proceso de parto, ayuda a paliar ciertos malestares, que en algunas ocasiones llevan al pedido de anestesias y el desencadenamiento de intervenciones que incrementan el número de operaciones cesáreas.

El parto en el agua no es un "método", ni existe una fórmula especial de aplicación. Es sencillamente un elemento eficaz que contribuye a que la mujer recupere su instinto biológico y que además favorece que sus sistemas hormonales y nerviosos actúen armónicamente, facilitando así la relajación, la analgesia y la dilatación.
 

Ante la invasión tecnológica que ha ido transformando la asistencia al parto en la últimas décadas (proceso de medicalización), el parto en el agua redescubre algo olvidado: que el calor y la intimidad en el parto son fundamentales para no alterar el proceso biológico y permitir que el nacimiento se produzca de una manera natural y sin precipitaciones.

Muchas mujeres se sienten inhibidas por el ambiente de hospitales y sanatorios por el trato despersonalizado y la "industrialización" del servicio. En cambio, un ambiente relajado e íntimo posibilita liberar sus instintos biológicos, favoreciéndose de este modo todo el proceso. Esta intimidad se encuentra en el propio hogar, o en la alternativa propuesta en otros países de un Centro de nacimiento o Casa de Parto, con espacios especialmente pensados y diseñados para tal fin, equipados con una gran bañera con agua a temperatura corporal, con luz tenue y música de relajación, sin ruidos y sin la presión de las intervenciones rutinarias (medicalización).

 
 
En la Argentina nuestro equipo incluye explícitamente el uso de la inmersión en el agua como un elemento más para cada mujer que lo necesite, usando los recursos disponibles. En las casas, habitualmente las bañeras son de dimensiones más bien reducidas, lo que no invalida su uso. En las instituciones, lamentablemente no se dispone de bañeras para la inmersión.
Cuando la mujer se acomoda en la bañera experimenta una profunda relajación y estimulación, se aisla sensorialmente del mundo y consigue mayor libertad en sus movimientos y mejorar su respiración.



  El agua cálida durante el parto, reduce la producción de adrenalina, hormona que tensa el cuello y retrasa la dilatación. Es por este motivo que el agua favorece y acorta el período de dilatación. Tambien la inmersión contraresta parcialmente la acción de la gravedad y reduce la estimulación sensorial, aumentando la producción de endorfinas, hormonas que disminuyen la sensación de dolor y modifican la percepción del paso del tiempo. Ablanda también el colágeno de los tendones y relaja los músculos.
Y podríamos pensar que el medio acuático y el clima que se crea, ejerce también su efecto tranquilizador sobre los asistentes al parto, calmando su necesidad de "actuar" innecesariamente y de interferir inadecuadamente en el proceso. Tener plena conciencia que un embarazo no es una enfermedad y que el parto es un complejo proceso psicobiológico y de producción social y no un acto médico, será suficiente para el logro de la satisfacción deseada.
 

En nuestra práctica he observado que en algunas ocasiones la mujer despierta de pronto de este estado, siente el reflejo de expulsión y decide salir del agua.
Este cambio de temperatura hace a veces que la expulsión sea más vigorosa y eficaz, más aún si la postura adoptada espontáneamente es vertical: de rodillas, en cuclillas, en el inodoro, en una silla de partos o sobre los muslos de su pareja, en lugar de la posición horizontal en la camilla de partos y con las piernas colgadas.

En otras ocasiones la mujer se halla tan relajada y cómoda en la bañera, que "decide" realizar el expulsivo dentro del agua. En este caso el bebé, que está habituado a la inmersión en el líquido amniótico entra directamente en contacto con un medio que le resulta familiar, de una forma no violenta. Entonces, en cuestión de segundos se coloca al bebé sobre el vientre de la madre para que ésta pueda darle un suave masaje mientras permanecen ambos en el agua.

 
 

En ambos casos, el cordón umbilical sigue latiendo durante unos minutos, suministrando oxígeno al bebé hasta que comienza a respirar por sí mismo. Al encontrarse en un ambiente aéreo y más frío (sale de la panza de una temperatura de 37 grados a la temperatura ambiente), el recién nacido comienza a respirar con ligeros gemidos y al colapsarse el cordón umbilical rompe a llorar e inicia su respiración rítmica. Este es el momento y no antes en que debe cortarse el cordón dándole al padre la opción para realizar este acto, como gesto simbólico que representa la "bienvenida al mundo y la separación de la madre".

 


El dispositivo del agua constituye un elemento significativo en la medida que resulte una demanda de la mujer. Es necesario comprender que es solo un elemento del complejo proceso del parto y del nacimiento, cuyo sentido esencial está dado por la riqueza de los vínculos entre protagonistas (mujer, pareja, hijo/hija) y asistentes (equipo profesional) que en conjunto construyen en ese escenario intimidad, respeto y cuidadosa atención.